Las edades de Lulu

July 5, 2019 | Author: SuMorimoto | Category: Erotismo, Novelas, Literatura erótica, Nalgas, Sexo anal
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Las edades de Lulú (1989) es una novela erótica de la escritora española Almudena Grandes. Lulú, la protagonista, es ...

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Las edades de Almudena Grandes Crítica acompasada de su novela Las edades de Lulú La novela titulada Las edades de Lulú, Lulú, de Almudena Grandes, comienza con una sublime escena de lametones de nalgas y exploración anal. En primer plano, un orondo trasero masculino de "carne perfecta, reluciente", que en los bordes era "tensa y rosa, tierna, luminosa y limpia", capaz de ser "sujeto y objeto de un placer completo, redondo y autónomo, tan distinto del que sugieren esos anos mezquinos, fruncidos, permanentemente contraídos en una mueca dolorosa e irreparable" (p. 9). A continuación, y como semejante ano está tácitamente reclamando, una sodomización. El de los carnosos traseros de tan apetitosa apariencia es sujeto caro a la autora, que lo volverá a tocar en otros libros, como por ejemplo, en Malena es un nombre de tango, página 362: “Aprecié la calidad de su carne, su espalda inmensa, lisa, un trapecio perfecto, y las huellas circulares de los riñones como dos hoyos casi colmados, sobre un culo perfecto, el mejor, el más hermoso culo de todos los culos que he visto nunca, redondo y rotundo y carnoso y plano y duro y firme y elástico y claro y suave y amasable y mordible y engullible y deglutible como ningún otro culo haya existido jamás”. Dejando al margen lo ridículo de ambos pasajes, asombra pensar en la cantidad de culos que ha tenido que contemplar esta mujer para permitirse sentencias tan rotundas y tan prolijas descripciones. Almudena Grandes es, sin duda, una experta en culos, que, según el teniente coronel Tejero, es lo más grande que se puede ser en este mundo, después de ser español. Y quizá sea también culiadicta, una adicción tan respetable como otra cualquiera, y fetichista de culos. No quisiera tener yo mi nalgar en las proximidades de su dentadura, cuando a Almudena le dé el volunto de engullir glúteos y deglutirlos. Para reconocer las muecas de un ano y distinguir uno mezquino de otro generoso, uno fruncido de otro desplegado o uno redondo y autónomo de otro cuadrado y que trabaja por cuenta ajena, no solamente hay que ser muy observadora, hay que haber observado atentamente muchos anos. Ante semejantes portentosas cualidades, no sabe uno cómo expresar su asombro ni que parte descubrirse, ni si exclamar chapeau!  o  o caleçon!  Pero sigamos con Lulú. Lulú. Ya dijimos que, tras el panegírico anal, la autora informa de una sodomización. El lector se estremece -? qué qué será capaz de contarnos esta señora en cuanto cumpla unos pocos capítulos?- y más si, como es mi caso, se ha educado con las clarisas de Triana. Esta educación, no obstante, y el exagerado desvelo de las devotas hermanas, que me han hecho versado en el tema, me llevan a anotar en mi cuaderno de bitácora: Pero P ? ero esto no es erotismo, como me han prometido desde la cubierta cubierta del libro ! Esto E ? sto es baratija pornográfica! Ni siquiera eso…¡Una novela verde! Y tampoco es literatura, añade, aunque la autora crea hacerla, introduciendo frases tan plenipotenciaplenipotenciarias como ésta: [Los azotes en el culo se hacían cada vez más violentos] "y estallaban en mis oídos con el bíblico estrépito de las trompetas de Jericó" (p. 16). ¡?Ridículo! Ninguna persona con dos dedos de lucidez estética escribiría semejante frase. O ésta: "Su culo temblaba como los muslos de una virgen añosa en su noche de bodas" (id.). Me pregunto cuántas vírgenes añosas habrá sorprendido en su noche de bodas Almudena Grandes. ? No es eso lo que les pasa! ? No Lo que les tiembla es el mondongo! TamLo poco parece probable que asistiese al sitio de Jericó. Reñidos con la buena literatura están también estos consonantes: sujeto-objeto-completo (p. 9), rosa-luminosa (id.), alguna que otra repetición a lo Marías: "las enormes proporciones de su sexo enorme" (p. 15) o la utilización de palabras que no encaenc aLas edades de Almuden Almudena a Grandes Grandes 1

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 jan en el contexto: contexto: "lamentable "lamentable picha tiesa" (p.16) Después de la escena comentada, que ocupa lo que parece presentarse como un prólogo, escena de la que apenas hemos detallado nada, y en la que no solamente hay aperturas linguo-anales, sino también polla-dentales, capullo-palatales, recto-digitales, ovo-labiales, naso-muslares, etc., el lector experimenta un sobresalto cuando, en la línea quinta del prim pri mer capítulo, capítulo, lee que la cuñada de la protagonista la ha llamado a primeras horas, queriendo saber "si tenía un hueco para ella" (p. 21). Pero no, no hay que alarmarse, se trata de otra clase de hueco. Y entonces comienza una danza de nombres de personajes, que la autora, con su vaga narración adobada en frases hechas y expresiones tópicas y vulgares, no logra que el lector se haga una idea de quiénes son. Luego viene una felación (fellatio (fellatio), ), que dura hasta la página 43 (desde la 30), absolutamente fisiológica; por lo tanto, no erótica, según el concepto de lo erótico que me inculcaron mis piadosas maestras. En medio, nuevos consonantes: "...coches de policía. Yo me resistía..." (p. 23); noche-coche-noche (25), y frases hechas: "salté como impulsada por un resorte" (p. 37), "sacar los pies del plato" (38), "subirse a la parra" (42), etc., que afean la prosa, ya de por sí bastante descuidada. Los protagonistas activo y pasivo de la felación no se quedan en eso. A continuación viene un coito, pero precedido de tantísimas operaciones y juegos, incluido un rasurado pélvico, que el lector llega a dudar de que alcancen el orgasmo alguna vez. La autora, dispuesta a quemar etapas en el aprendizaje de Lulú y en su propio aprendizaje de novelista del género, se dedica a acumular lances y detalles que presume eróticos, algunos de los cuales se advierten productos de la experiencia, pero otros evidencian demasiado claramente la inspiración libresca. Los acumula con tal avaricia, que, en poco más de un par de horas, -de tiempo novelesco, se entiendeentiende- proporciona a la inexperta inexperta quinceañera, que no ha pasado de introducirse una flauta en su lugar descanso, un cursillo intensivo que la deja más versada en cochinerías que un monje del Marqués de Sade. Pero todo ello -y es lo que nos interesa ahora, desde el punto de vista de la crítica literaria- se nos presenta como enteramente gratuito. Los personajes están tan vacíos de entidad, que el lector no capta por qué hacen lo que hacen. Lulú y Pablo ni siquiera dialogan. Cada uno recita su parlamento con intención de justificar -sin lograrlo- unos actos de sexualidad animal, incluso mecánica, que, insisto, no acceden a la instancia de lo erótico. Y es que, para lograr esto, no basta con acumular palabras del vocabulario sexológico -lo que Almudena Grandes hace hasta la empachera-, sino crear, como en toda auténtica novela, un espacio y un tiempo dentro de los que lo narrado aparezca con visos de realidad real. Es más, todas las concreciones concreciones sobran si se quiere quiere crear un clima c lima de erotismo. Si ya de por sí en todo arte la sugerencia es preferible a la concreción, en este terreno, aún más. Desayuno hollywoodense, pero con porras madrileñas (se nos ilustra sobre sus virtudes virtude s y las de los churros, y sobre la exis tencia de churristas y porristas entre los miembros de una misma familia) y, en dos parágrafos más bien cortos, unas escenas -despedida de los amantes, confidencias a una amiga, llamada telefónica que no se entiende...-, unas escenas, digo, costumbristas, aderezadas de conversaciones sobre faltas al colegio, píldoras anticon-

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ginales; Madrid le Jour y las sex-shops, las meriendas con tortitas de nata, etc. Pero hay otra razón por la que esta novela tampoco se acerca al erotismo ni lo intenta: porque, además de la forma de enfocar la autora lo sexual -costumbrista, como hemos dicho-, la historia que ha empezado a narrar nada tiene que ver con el erotismo. Ahora, ya, podemos estar seguros de que si en este capítulo no, en alguno muy próximo nos vamos a encontrar con la descripción muy detallada de otra escena de sexo mondo y bruto, costumbrista. Pero costumbrismo y erotismo son términos contradictorios. Lo erótico presupone un estado, un estado que es cuasi místico, aunque esté impregnado de religiosidad inversa. Al propio tiempo, en el ámbito estético, ese sentimiento cuasi religioso se traduce en la formación de un campo tomado el término en el mismo sentido que cuando se habla de campo magnético-, en el que el lector resulta también implicado. Almudena Grandes, que compite con Antonio Gala en cuanto se refiere al uso inmoderado de frases hechas, parece hacerlo también con Javier Marías, cuando escribe cosas como éstas: "...mis días consistían en dos ocupaciones..." (p. 71), o "siempre he sospechado que sospecha" (82). Tanto del magisterio galiano como del mariasno le viene la confusión de escuchar con oír (pp. 65, 75 y 206) y el no poner comas donde debiera y ponerlas donde no debiera. En este capítulo llaman la atención algunas faltas como: "Comer [,] sí comimos" (p. 71); "Beber [,] sí bebimos" (id); "no, lo siento [,] pero..." (76); "A su lado [,] otro tío..." (83)... El capítulo tercero, tercero, brevísimo entre dos muy largos, es imposible saber qué papel juega dentro del relato, según se ha ido más o menos configurando hasta ahora. Tampoco se entiende por qué consiste primero en un monótono monólogo más o menos interior, expresado en una prosa sin puntos, y después cambia sin justificación, cuando ya aquél ha consumido consumido la mayor parte de las ocho escas as páginas. Sigue sin aparecer el erotismo. En cambio, sí reaparece el costumbrismo, de manos de una niña, de la que nada habíamos leído hasta aquí, la cual tiene que ser despertada por la protagonista, su madre, para que se lave, desayune a la fuerza y sea llevada al colegio. Porque sí -todo en esta novela es arbitrario-, arbitrario-, apenas iniciado el cuarto capítulo, capítulo, nos enteramos de que la protagonista es cazadora de travestís, "por solidaridad de sexo para con las putas clásicas" (a mi juicio, alguien solidario debería escribir prostitutas, que no es despectivo, sino la denominación de unas honestas profesionales de un oficio respetable, aunque ni mucho menos el más antiguo de la tierra), que define de esta suerte: "mujeres auténticas con tetas imperfectas, descolgadas, y muelas picadas, que ahora lo tenían cada vez más difícil, con tanta competencia desleal, las pobres" (pág. 95.) ? Pues vaya propaganda que les hace la soliPues daria! Nada de lo precedente hacía pensar en esta afición venatoria de Lulú. Lo más seguro es que a la autora se le ocurriese sobre la marcha y, con las mismas, se puso a rellenar páginas con una nueva ración de lo que ella cree que es erotismo. Pág. 95.- "...le dábamos un susto mortal, razonablemente mortal..." Expresión pija donde las hubiere y se detectaren. Pág. 97.- "...llevábamos ya tres años casados, pero no me salía". Como es ella la que habla, no sabe uno si es hermafrodita o simplemente imbéimbécil. Hasta la página 98, descripción del safari, absolutamente inverosímil. Y, para rebajar aún más el

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que han causado a las buenas letras, propiciando la venta de veintidós ediciones de esta mala novela, a personas que sin duda no han leído, porque nadie se los ha señalado, a Dostoievski, Flaubert, Tackeray, Proust, Huxley, Hemingway, Camus, Cervantes, etc., etc.?  A partir del momento momento en que un travestí travestí le propina propina "una hostia" (sic ) al marido y Lulú, a quien "le sale la raza" y se agarra del moño con él, la autora parece convencida de que empieza a ser muy graciosa -en ningún momento corre ese riesgo- y la novela se precipita en el costumbrismo con velocidad proporcional a su creciente alejamiento del erotismo. Y, efectivamente, lo que sigue es una nueva y más larga evocación del Madrid la nuit, abundosa en detalles insignificantes: color del respaldo del asiento -que, por cierto, "se daba patadas" con el de la moqueta-, forma de las mesas y de los taburetes, decoración de las paredes, elementos de un buró, espejo, etc. Pág. 105.- "No parecía dispuesto a mover un dedo". Una metáfora tras otra, como se ve. Id.- Se nos dice que Ely está cabreado. Digo yo: un sujeto cabreado se sitúa en las antípodas de toda posible escena erótica. Id.- "Una carcajada sonora". ¡Como todas las carcajadas, hija, que te repites más que un tambor. Finalmente, llega le presentida detallada felación, "una mamada de nota", según escribe Grandes, precedida de un inacabable y nada erótico striptease y tease y seguida de otra felación, esta vez, mano a mano de la protagonista y el travesti, quienes demuestran tener más estómago que un búfalo de los de antes de la guerra. Pienso que lo mismo que se dice "a mal Cristo mucha sangre", se podría decir: "a mala novela erótica muchas guarradas". Nada de lo que escribe en este capítulo la autora tiene que ver con la trans gresión que definió Georges Bataille Bataille (L'erotisme) L'erotisme) y le plagió Antonio Gala (La (La pasión turca). turca). Pág. 111.- "...mientras yo follaba como una descosida." (? ? ) Pág. 112.- Al cabo de la descripción de un coito, mejor escrita que otras escenas, hasta hasta ahora leídas, del libro, la autora no puede evitar caer de nuevo en el más burdo costumbrismo, y hace que la protagonista meta en el bolso una botella de ginebra que no han destapado, con esta justificación: "No están los tiempos como para ir dejando botellas llenas y pagadas por ahí". Págs. 113-114.- Una larga teórica, nadie sabe por qué, sobre portales, ambulatorios ambulatorios de la Seguridad Social, edificios edificios a medio construir, tráfico ciudadano, urbanismo, etc. Pág. 114.- "Eugenio, que era adorable". Id.- "En el pecado lleva la penitencia". Págs. 114-115.- Evocación/descripción del Madrid castizo, con todos sus elementos, desde las rebajas de los grandes almacenes a las gambas a la plancha. Nos informan de que Pablo es del Atlético de Madrid, para justificar por qué figura unos cuernos con dos dedos, al pasar por delante del estadio Bernabéu. Todo lo cual lleva a la autora al planteamiento del supremo interrogante: "Los maricas ? se sustraen a la pasión de los españoles por el fútbol?" (Anotemos –junto a la observación, una se vez más, de que todas estas consideraciones sobre vulgaridades son incompatibles con el erotismoque la progre Almudena denomina con el despectivo “maricas” a los gays y/o homosexuales). Pág. 116.- "No me hacía ninguna gracia". Id.- "Me estaba tomando el pelo". Pág. 117.- "A mí se me cayó la casa encima". Id.- "...no se le ocurría nada más. más . Y además además..." ..." Pág. 119.- "...1575 pesetas del 69, una pasta". Págs. 119-120.- Largo informe sobre cárceles. Pág. 120.- "Se sacaba un pastón". (No se puede

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los personajes les hacen prorrumpir en carcajadas y llorar de risa, pero que al lector no le suscitan ni una sonrisa. Tal como se va configurando el libro -puede decirse que sin ninguna configuración- crece en arbitrariedad en la misma medida que decrece en unitariedad, factor esencial de una novela. Las edades de Lulú es Lulú es como un centón en el que la autora va echando todo cuanto de le ocurre. El capítulo quinto comienza quinto comienza -pág. 127- con una declaración como para poner en tensión a todos los erotómanos del mundo: "Ya me habían desaparecido las agujetas". Tensos o no, todos se alegran sinceramente. Aunque, un instante después, algunos nos preguntamos: ? por qué se nos informa de por eso? El capítulo está de revelaciones. En el párrafo siguiente, se nos dicta la receta del bocadillo preferido de la autora: "tomate y cebolla en rodajas con aceite de oliva y sal". Por mi parte, anoto: la mayoría de los escritores españoles, los preferidos preferidos por los críticos, con aceite o sin él, no es que no sean universales, es que son domésticos. Pág. 128.- "...ahora que el viejo está más para allá que para acá, a punto de diñarla". Pág. 129.- "No tenía ni idea de lo que se me venía encima". Cuando voy por la página 130, anoto: Este libro es una mezcla de novela rosa y novela verde verdaderamente intragable. El tema de las relaciones madre-hija, que culmina en las páginas 132-133, y más de la forma en que está expuesto, le sienta a una novela (pseudo)erótica como a un santo dos preservativos. Yo no sé si es la vida familiar de Lulú la que no encaja entre las felaciones y los coitos, o si son éstos los que no engarzan con los achaques de la madre, las politiquerías de Marcelo y las relaciones de la protagonista con una y otro. Detalles, insisto, de obsoleto costumbrismo. Ni la autora ni los jurados demuestran tener la menor idea de lo que es erotismo. Pág. 133.- Puro erotismo: ? las dos hermanas están enamoradas del mismo homlas bre! Id.- "Ella, la directora del internado, sufrió diversas transformaciones antes de establecerse como una mujer de treinta y cinco años..." (sic  ( sic ). ). Pág. 134.- "Llevaba la voz cantante". Id.- Es tan supremamente inverosímil la forma en que la directora del internado cuenta lo que hace Lulú con la profesora de matemáticas, que, serlo más, constituiría un homenaje a la chorrada memorable. Luego, como en las grandes malas novelas, resulta que todo era un sueño. (El crítico acompasado, recuérdese, nunca pasa las páginas hacia atrás. Lo suscitado por la llamada "lectura imaginativa", que se plasma en el "comentario acompasado", debe quedar reflejado como surgió.)  Al principio principio del capítulo sexto, sexto, un tema y unos personajes de los cuales no habíamos tenido la menor noticia en las ciento treinta y ocho páginas anteriores. Como ya he señalado, esta novela es un centón Pág. 140.- [Las puertas] "cerradas a cal y canto". Id.- "Me pregunté si no había cargado demasiado las tintas". Sobre que nada interesa lo que cuenta, como digo, lo peor es que la autora se siente obligada a señalar detalles que tienen menos interés todavía: que si las puertas del salón de actos están siempre cerradas, que si había hervido tres veces las medias para que ancharan, que si en la zapatería se miraba en los espejitos adosados a las columnas, que si llevaba las piernas desnudas aunque era febrero, que si se abrochaba el abrigo hasta el último botón... Pág. 141.- Otra vez vuelve a pensar

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eróticas en la Conferencia de Halifax. Págs. 148-158.- Demasiada conversación en medio de una escena de contenido sexual. Pág. 157.- "...mirándole con ojos de cordero degollado". Pág. 159.- "La cabeza me empezaba a dar vueltas". La propuesta de matrimonio y -no digamos- la alusión a que en tiempos habían jugado de pareja al mus, en medio de los juegos sexuales, acentúan el alejamiento del erotismo que ya hemos repetidamente señalado. En el erotismo se trata de sensaciones, en el sentido de que éstas son el efecto que las experiencias de los sentidos producen en el alma. En la pornografía, de instintos. En el costumbrismo sexual, de descripciones como las de este libro. Al igual que al inicio del capítulo quinto tuvimos ocasión de alegrarnos porque a Lulú le habían desaparecido las agujetas, ahora, al comienzo del séptimo, séptimo , el motivo de nuestro regocijo es que encuentra "sitio para aparcar a la primera". Pág. 164. Uno de los efectos de la implantación de la democracia en nuestro país es, según Almudena Grandes, que los nidos de rojos se convierten en salones de gays. Menos mal que la pérdida se compensa con la presencia en los salones de "funcionarias progresistas", progresistas", es decir, "lo que en otro tiempo se había llamado solteronas modernas". Págs. 164-165.- Allí había de todo, gentes de todos los plumajes". Pág. 166.- "Su novio era adorable". Pág. 167.- "El moreno iba de duro". Id.- "Al rato, estaba como si tal cosa". Id.- “…sin quitarle los ojos de encima". Pág. 168.- Una conversación en la que las intervenciones de Lulú descolocan, desconciertan y fulminan, sin que el lector llegue a comprender la razón de tan destructivos destructivos efectos. Pág. Pág. 169.- "Me miraba como a un bicho raro". Id.- "Me di cuenta de la movida en que me había metido yo solita". Id.- "Desapareció por una puerta abierta". ? Hombre, mujer! No iba Hombre, a traspasar la madera, cual si gozara de cualidades angélicas. Id.- La autora, machista ella, piensa que es vergonzoso pagar por acostarse con un hombre; mucho más que cobrar. Págs. 169-173.- Conversación realmente castiza -"cojonudo", "cien talegos para cada uno", "la pasta", "vais que os matais", "hacer el canelo", "una burrada", "su tronco", "cincuenta mil pelas que me iba a costar la broma", "le echaba huevos a la vida", "cinco mil duros", etc.- de la protagonista con un homosexual, para ajustar el apaño de ella con él y otros dos. ? Por qué tan extraño capricho de Lulú? Por L ulú? Porque sí. La autora no lo explica. NaNada de esto se justifica, ciertamente. Por hacer un poco de literatura comparada: todo cuanto hace y dice Emmanuelle, el personaje literario, está justificado por Emmanuelle la escritora (Emmanuelle Arsan). A los actos y palabras de aquélla subyace una concepción del sexo, de las relaciones sexuales, incluso una cierta sociología, una antropología. La protagonista de la novela de Almudena Grandes, que se comporta en más de la mitad de las páginas como una mujer convencional, tirando en muchas de ellas a castiza, de pronto, porque a la autora le viene bien, elige los aspectos más detestables del sexo, para, supongo, halagar a los miembros del jurado, a los cuales debía de tener conceptuados como unos vie jos verdes. Ellos Ellos y ella, ? ay!, son pruebas de que España es, verdaderamente, una deformación grotesca ay!, de la civilización europea. Id.- "...un ser humano hu mano,, su mano..." mano..." Pág. 178.- Escribe escuché por oí. También en pág. 183. Pág. 182.- "Mira qué bien". Expresión a la que, por ende, faltan los signos de admiración. Pág. 184.- Anoto: Lulú es igual, piensa igual, habla igual, se comporta igual cuando tiene doce

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palpalla. Id.- "Su sexo parecía el poste central de una carpa de circo". Aun corriendo el riesgo de equivocarme, me atrevería a decir que ésta es una exageración, aunque admiro la comparación. Id.- "Le encantaba pillarnos en un renuncio". Pág. 187.- "Yo me tocaba la tripa". Id.- "...un tío como él". Págs. 187-188.- Reflexiones sobre la educación más adecuada para una niña. Pág. 189.- "Controlaba muy bien". Págs. 189 y ss.- Discusión matrimonial. (Estoy seguro de que todo esto, y la niña, y su educación, y la presencia de "la otra", y la confesión de Lulú de que, una palabra de él, y se hubiese echado a sus pies, son elementos de la novela que de verdad pensaba escribir Almudena Grandes y que, desde luego, no hubiese resultado mucho mejor que ésta. Pero después hizo, aquí, allá y acullá, unos añadidos verdaderamente no aptos para menores, al objeto de convertirla en lo que ella pensaba era una novela erótica). Pág. Pág. 191.- Disertación de Lulú sobre los Reyes Magos y los mitos en general, que le envidiaría el Aretino. Empieza el capítulo octavo -pág. octavo -pág. 193- con el, al parecer inevitable, apunte costumbrista: bares de copas de los alrededores de la calle Malasaña, etc. Luego la autora inicia uno de esos monólogos a los que ya hemos aludido: prosa de aluvión, sin puntos, sin párrafos por tanto, que, no se sabe por qué, unas veces utiliza y otras, no. Más veces no. Pág. 194.- "A las primeras de cambio". Pág. 198.- "Me fundí la pasta". Pág. 199.- Descripción detallada de un zoológico. Pág. 200.- "Firmaba así solamente por  joder".  joder". Págs. 200-201.200-201.- Disertación sobre apellidos. Págs. 202-203.- Se e xplica el Juego del Pirata de Pata de Palo, tan afrodisíaco él. Como el zoológico. Págs. 204 y ss. Se explica y se practica una variante de ese juego, con incrustaciones de comentarios sobre relaciones matrimoniales, asistentas, regalos, infancias, familias numerosas, etc. Los lectores advierten la erección y las lectoras, la humedad, que, según Berlanga y Beatriz de Moura, respectivamente, producen la lectura de las novelas eróticas. Pág. 206.- "Muy borde, la pobre". Pág. 209.- "...había llegado a cabrearme". Id.- "no te haces ni idea de la pasta que nos cuesta". Pág. 211.- "No parecía capaz de espabilar". Pág. 213.- A un miembro viril dice que no se atreve a calificarlo (sic  (sic ) de otra forma que de pene. Pág. 217.- "Estás hecho un putón, hija mía". Id.- "A ver si así se te bajan los humos". Pág.- 221.- "caminar por la cuerda floja". (En una de estas páginas califica a un personaje de macarra). Arniches resulta un culterano y un conceptista, todo en uno, al lado de esta señora.

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lametones y chupeteos. Es necesario, como en toda novela, traslucir un por qué para todo ello. Y sólo un jurado que tenga la visión del sexo de los españoles que fueron adolescentes y jóvenes reprimidos en las décadas de los cuarenta y los cincuenta puede premiar un libro así, que además es literariamente malo. Algún haré ver que el erotismo literario se fundamenta en el sometimiento de la mujer, incluso, o sobre todo, en las novelas escritas por mujeres. Almudena Grandes ni en esto siquiera intenta alinearse  junto a las las grandes autoras autoras francesas: francesas: Arsan, Reage, Reage, Lavin... Lavin... Y este este defecto lo acentúa acentúa el hecho de de que el relato esté escrito escrito en primera prim era persona. Está tan vacío de identidad, identi dad, de espíritu, de razón y de ideas el personaje, que ni siquiera adopta una actitud sentimental, ni racional ni social ante cuanto le acontece; lo cual, por otra parte y como ya he dicho, se va amontonando de manera completamente arbitraria. Capítulo décimo. Comienza décimo. Comienza con una frase que, como contenido de una novela, ya estaba obsoleta hace un siglo, y que no hubiese empleado un miembro de la generación del 98, salvo Baroja, si bien en un contexto muy distinto: "Conocía a la Encarna Encarna hacía muchos años" (pág. 233). Pág. 233.- Sigue la página en un tono creciente de garbancero costumbrismo, con pensiones de mala muerte frecuentadas por subalternos, picadores enjutos y afilados, banderilleros bajitos y rechonchos, que "se la tiraban" [a la Encarna] y se iban sin pagar. Buenaza que era la Encarna. Si lo sería, que "un director de cine supo encandilarla encandilarla [para que le malvendiese la pensión] sólo llamándola llamán dola monumento y tocándole descaradamente el culo". Pág. 234.- Continúa la descripción costumbrista de un Madrid que parece de los 40; una descripción que, de vez en cuando, ofrece cúspides expresivas: "el gabinete de lo que las dos llamábamos de coña la suite nupcial". Pág. 235.- "...tenía la polla como un martillo". Pág. 236.- "comenzó a sobarme". Pág. 237.- "caricias pobres, rácanas". Pág. 240.- "Hostia", es decir, puñetazo costumbrista. Id."Pobre Encarna, te están jodiendo la casa". Sin admira ciones, por ende. Pág. 241.- "...le hundió el dedo índice en el culo". Págs. 241-242.- "puso cara de bobito". Pág. 242.- "se había puesto cachondo". Id.- "le metía mano". Id.- "Me mearé encima de tus heridas". Pág. 242-246.- Pura pornografía toda la escena que ocupa estas páginas. Expresada, además, en lenguaje trapero. Y, como casi todas las de esta novela, enteramente gratuita. Cualquiera de ellas es intercambiable por otra. Pág. 244.- Vuelve a confundir esquina con rincón. Pág. 246.- "Me lo estaba pasando muy bien". Págs. 248-249.- "minutos que se me antojaron siglos".

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nuevamente en su vida", mientras bajan la escalera, ella hecha polvo, él más cabreado que un ciempiés quince veces cojo, es completamente inverosímil. Pág. 256.- "Todo lo demás lo recuerdo como una confusa amalgama de detalles inconexos" (? Hermoso!). Pág. 257.- "El abrigo se abrió, dejando al descubierHermoso!). to mi carne macerada" (Id. Pero lo mejor es que los ojos de un viejo relucen ante la visión) Capítulo duodécimo y último. último . Lulú despierta en la cama de él (y suya) y se encuentra con que tiene puesto un batón de bebé hecho a su medida de "niña grande". Todo un detalle por parte de Pablo, que ella interpreta y agradece íntimamente. Pág. 260.- "No andaba muy fina". (A pesar de lo cual, Lulú encuentra una nota reveladora). Llega él. Ella intenta hacerse la dormida, pero la traicionan sus labios, que se curvan "en una sonrisa nuevamente inocente" (O sea, que el milagro de la conversión se ha producido y nada va a librarnos ya del happy end  rosa  rosa y angelical). El se echa a su lado y le toca la punta de la nariz. "Aquí no ha pasado nada", dice a su modo.

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